top of page

SUMAK KAWSAY

  • 16 abr
  • 4 min de lectura

Frente a un presente atravesado por la crisis y el desencanto, este ensayo plantea una alternativa: recuperar la sabiduría ancestral, reconstruir vínculos con la tierra y actuar en el presente como forma de resistencia y transformación.


Escribe: Paula Macena

En la actualidad, viene siendo cada vez más común la emergencia de visiones y epistemologías que buscan percibir Latinoamérica desde su propia voz e identidad. Un puntual rescate sobre estas teorías emergentes es la idea de un ectobarroco, parte de la tesis de esta escritora que, entre otros aspectos, (desde la literatura)  nos llama la atención para la necesidad de pensar que nuestra producción literaria aún busca desprenderse de este lugar de dependencia e inferioridad establecido por la lectura de mundo de la tradición eurocéntrica. 

Sin embargo, este texto no necesariamente es sobre literatura. Rescatamos este concepto para divagar sobre la necesidad de seguir revisando las diversas formas de construcción de nuestra consciencia como actores en esta tierra. En otras palabras, sería entender que parte de lo que tradicionalmente creemos como saberes establecidos, ciencia, filosofía, concepción de mundo, atiende a valores que además de no ser originalmente nuestros, no entiende el daño irreversible a nuestro mundo. Si consideramos la razón colonialista -espectro madre del imperialismo y formas del violento capitalismo actual-, sigue gritándonos diariamente en la cara que nuestra conexión orgánica con el mundo es innecesaria y sinónimo de retraso. No somos parte del mundo, precisamos seguir siendo conquistadores de él. O sea, heredamos, asumimos y seguimos desarrollando la idea de organizadores, exploradores y mentalidades superiores en racionalidad entre todas las especies. 

Incluso, para mejor entender esta idea, partimos de principios como los de pensadores de la línea del sociólogo indígena brasileño Aílton Krenak. Este autor específicamente propone una especie de reclamo que llama la atención para la reconstrucción de una cosmovisión que parta de la obviedad de la experiencia y sabiduría ancestral. Y eso, porque mientras seguimos proponiendo soluciones por medio de reuniones internacionales que cuestan muy caro para juntar representantes importantes de los gobiernos de los principales países, Krenak de manera categórica discute que no es que hay un “final inminente” para el mundo. Antes, lo que hay es un utilitarismo que no se deja detener. 

Nos hicieron creer que estamos despegados de la naturaleza desde el momento que el “otro” europeo desembarca en este continente y tilda al nativo como pagano por “adorar” la tierra. Y eso porque atribuir a estas prácticas el carácter religioso abrió el abismo que permite diferenciar no solo el cuidado traducido en devoción, como el censo de comunidad integradora que exige el cuidado activo y continuo. La tierra es sagrada por madre, por provedora, por su vida y respiración, no por divinidad inalcanzable en su grandeza para los seres humanos. Pero esa concepción no es útil. 

Luego, percibamos que ya desde este período de encuentro de mundos -el europeo y el indígena- se instrumentaliza la violencia como “argumento”. El nativo es un salvaje. No se los puede dejar seguir en su paganía. Necesitan conocer al dios único y verdadero que -como apunta Galeano- dijo que estaban desnudos y que eran pecadores. Saltando para nuestra actualidad, la violencia del Estado sigue reforzando este pensamiento: no es útil la espiritualidad, tampoco el tiempo de ocio, el sueño y ni hablar la cultura. Todo eso es pagano, es vago, improductivo y a dios sigue no gustándole. 

Los recursos naturales deben servir para algo. La producción de capital debe ser nuestra prioridad y Dios necesita estar contento con nuestra obediencia social productiva. Incluso, no es por menos que de toda la naturaleza somos la única especie que “merece” un cielo divino, también lugar privilegiado para los humanos. Y frente a todo eso, inevitablemente, nos convertimos en cuerpos tristes. Cuerpos que están resignados con la idea de un apocalipsis inevitable, con un mundo que ya no tiene manera, pues ya estamos demasiadamente distantes en nuestra desconexión con la naturaleza. 

Pero, así como en el inicio del texto tratamos de proponer una concepción que nos provoca a cuestionar las verdades que nos acostumbramos a aceptar como realidad, también concordamos con lo que nos hace acordar Krenak en su libro “Futuro Ancestral” (2022). El autor no solo nos recuerda que el “fin del mundo” ya ocurrió anteriormente para varias especies y pueblos, sino que también invita a una reflexión que perciba que la idea de un futuro apocalíptico nada más refleja nuestro engreído protagonismo y modelo de vida insostenible. 

Así que hay solución. 

Y la propuesta son acciones en el presente. 

Hay que plantar huertas, crear vínculos con nuestra memoria ancestral, bailar al sonido de la naturaleza, celebrar la vida y, entre tantas cuantas acciones de resistencia que se nos ocurra, entender que el modelo de humanidad zombie, alienado y consumista, nunca fue ni nunca podrá ser una opción de vida. Y para tanto, insistamos en los movimientos ecto, o sea, “para fuera” de los modelos y discursos que nos quieren convencer que el futuro es algo que todavía no existe. 

El futuro, sí, existe en la sabiduría de los ríos, del piso, de nuestros antepasados. Luego, no es algo a frente, sino algo que ya existe en nuestra ancestralidad y sí o sí precisamos luchar diariamente por rescatarlo. 



Comentarios


bottom of page