EL POLACO DEL SUR
- Ramiro Barroso

- hace 2 horas
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En El Polaco del Sur, la conversación con Johan Daniel Caldero —changarín del San Rafael— se convierte en una crónica sobre la vida en los márgenes. A partir de su mirada sobre la calle, los comercios vacíos, la situación de los jubilados y el deterioro de las condiciones de vida, la entrevista traza un retrato sensible y político del presente argentino.
Por Ramiro Barroso
Arte Abril Paquez

“Nosotros somos los vagabundos, los malhechores, la canalla, la escoria de la sociedad, el sublimado corrosivo de la organización actual. Aborrecemos el pasado porque es la causa del presente, odiamos el presente porque no es otra cosa que la imitación más intensa y más feroz del pasado. No tenemos estados de servicios que presentar, ni tenemos heridas que ostentar ni sufrimientos que explicar, pues no tenemos intención ni voluntad de impresionar a los ánimos débiles o cándidos. Somos hombres como los demás, sea cual fuere el país, raza o idioma que pertenezcan. Reconocemos que nuestro organismo tiene necesidades propias como tienen los otros, y que por lo tanto las queremos explicar y satisfacer, y por esta causa queremos ser libres” El Perseguido (18 de mayo de 1890).
Muchos argentinos y argentinas conocemos a Ezequiel Iván Cwirkaluk, conocido artísticamente como El Polaco. Pero no todos conocen del todo a Johan Daniel Caldero, el Polaco del sur mendocino. Charlando con él, nos reveló algunos datos de su vida: tiene 36 años, vive en Pueblo Diamante con su familia, mantiene una relación cordial con su madre, hermana y sobrino, y se dedica a ser “changarín”.
Le preguntamos cuántas horas trabaja al día, y nos respondió:
“Entro y salgo de mi casa, soy un sonámbulo, así que no estoy nunca en mi casa. A veces hago horario corrido. A veces me toca un patio, una acequia, y voy de una punta a la otra. Tengo rastrillo, escobillón, bolsa de consorcio... a las chapas voy. Limpio techo, acequia, orilla de cordón, techo, eh... y si tengo que podar todo lo hago, sacar un par de ramas, al toque.”
Sonriendo y saludando a la gente que pasaba por la calle, le preguntamos por sus estudios y nos contó que llegó hasta octavo grado y que no tuvo la oportunidad de seguir, que “desde guacho trabajo acá en la calle”.
Una realidad que viven muchos sanrafaelinos, pues hay que salir a ganarse el pan.
Conviene recordar que, en Argentina, gran parte de los jóvenes viven en condiciones de pobreza y que, entre los pobres, los niños y adolescentes son mayoría. Son ellos quienes no ingresan a la escuela o se apartan de las aulas, ya sea porque no encuentran en ellas respuestas para mejorar su condición o porque deben abocarse a garantizar la subsistencia propia y la de sus familias.
En nuestro país, al igual que en otros de la región, durante la década del 90 se consolidó un modelo socioeconómico que instaló una larga curva descendente en las condiciones de vida y en las expectativas vitales de los sectores mayoritarios.
El futuro se volvió, así, problemático.
En este sentido, le preguntamos al Polaco cómo veía la situación socioeconómica en San Rafael.
“Me parece que está medio hielo, está medio frío... locales que están medios vacíos y que no hay ingreso, no entra gente a los locales, así que todo un tema, está medio flojo.”
Y agregó:
“De mi punto de vista sí... la gente me lo cuenta y me dice que está mal, que tengo que bajar el precio de las changas porque no hay ingreso. No puedo pedir el doble porque no hay ingreso y está malo. Me dicen: ‘Polaco, no hay ingreso, no entra gente’.”
La crisis actual hace que las clases populares encuentren condiciones cada vez menos hospitalarias. En otras palabras, a ciertos sectores se les hace cada vez más dificil el acceso al trabajo y al estudio. Los trabajos que existen son inestables, con jornadas largas, maltrato laboral, doble y hasta triple empleo. El aumento de los excluidos es alarmante; los jubilados deben elegir entre comprar remedios o comer.
El mundo, cada vez más, se deshumaniza.
Basta recordar que en el Gran Mendoza murieron, en medio de la ola polar, dos personas en situación de calle por hipotermia. No obstante, este clima de época se legitima a través de un individualismo a ultranza, opuesto a la solidaridad, considerada “antieconómica”, un gasto inútil. Lo que prima es una razón mercantil. Por la velocidad de los tiempos actuales, la charla con Johan se centró en cómo él observa la calle. Según nos comentó:
“Yo que laburo en la calle, mirá, del lado del tema del laburo y los locales veo que ya hay gente que pone el cartel de ‘se alquila’. Y después del lado de los jubilados, que ya están cansados de cobrar lo que están cobrando, que pun, que pan... todos dicen que con Milei vamos a estar bien, pero no.” Justamente, la conversación tuvo como protagonistas a los jubilados. Primero, porque era un miércoles; y segundo, porque uno de ellos se acercó a charlar con nosotros.
“Así que no sé, vamos a ver qué onda, qué pasa ahora, porque si no va a ser una bomba. Si sigue este, no sé qué va a pasar... nos vamos a cagar de hambre si sigue este. Te lo dice un jubilado que pasó por acá, que le cuido el auto, y le dije ‘¿cómo anda?’, y me dijo que estaba para atrás.”
Todo esto me hace recordar las luchas que tenían las clases populares a fines del siglo XIX y principios del XX. Es más, a veces pienso que no hay mejor manera de nombrarnos que como lo hizo la editorial del primer número del periódico anarquista El Perseguido, en 1890:
“Nosotros somos los vagabundos, los malhechores, la canalla, la escoria de la sociedad, el sublimado corrosivo de la organización actual.”
¿Acaso no somos nosotros hoy esa “canalla”, esa “escoria de la sociedad”? Se nos trata como tal. No hay zanahoria, solo palo, gas pimienta y menos plata en los bolsillos. Casi nos hemos convertido en el relato expiatorio y en el “enemigo” del orden social. Sobre todo los y las jóvenes pobres en concreto. De ahí el gatillo fácil y la baja en la edad de imputabilidad.
El “buen vivir” es hoy casi algo utópico. Johan nos contaba que no ve mejoras, que “está todo parado”:
“Ando por todo el centro y veo cómo la gente no entra. Gente que quiere comprar una torta, o ir a una heladería, o perfumería, o cosas de ropa, cosas de hombre o para mujer, o panadería... y está todo para atrás. Yo estoy acá en el centro y lo veo todos los días. Hablo con una gente y me dice: ‘Polaco, no pasa nada, toda la tarde no entra nadie, no entra nadie, no les gustan los precios’.”
Antes de despedirnos, Johan nos dijo algo que resume su mirada sobre la vida:
“Yo siempre sigo, viste. Hay días buenos y días malos, pero siempre sigo. Mientras tenga fuerzas y alguien me diga ‘Polaco, vení que hay laburo’, yo voy. Porque uno tiene que seguir, no queda otra. Y si puedo hacer reír a alguien, mejor, pero no soy payaso, soy laburante.”
Nos estrechamos las manos y se despidió con la misma sonrisa con la que había llegado.
El Polaco del Sur siguió su camino, con su rastrillo al hombro y la mirada al frente.
En su andar cotidiano, entre changas y saludos, encarna la dignidad de tantos que, aun sin reconocimiento, sostienen la vida todos los días en los márgenes del sistema.
Hacer cultura desde abajo también cuesta.
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![]() Ramiro BarrosoProfesor por elección, activista social por convicción y lector por pasión. |
![]() El arte ha sido mi principal herramienta de expresión desde que tengo memoria. La pintura, el dibujo, y ahora la fotografía, están conmigo incluso cuando no los estoy poniendo en práctica. |






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