INFORME SOBRE LA COYUNTURA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE
- revista lamaza
- 27 ene
- 8 Min. de lectura
Este informe del equipo editorial analiza la coyuntura política estadounidense a partir del recrudecimiento de la violencia interna, el uso del aparato estatal como dispositivo de disciplinamiento social y el avance de un proyecto autoritario bajo el segundo ciclo de Donald Trump.
Equipo editorial

El rey desnudo
El aumento de la violencia política ha llevado a que cada vez más analistas caractericen la situación de Estados Unidos como una fase de pre–guerra civil. Las últimas tres semanas de brutalidad en Minneapolis dan cuenta de ello. Hagamos un recuento de los hechos.
Desde principios de enero, cuando el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (Immigration and Customs Enforcement - ICE) expandió sus operaciones en Minneapolis y St. Paul, Minnesota, agentes federales han protagonizado una secuencia alarmante de hechos: el asesinato de Renee Good, una madre blanca de clase media; la amenaza a una abogada de inmigración embarazada en el estacionamiento de su propio despacho; el arresto de ciudadanos estadounidenses, incluido un caso en el que un hombre fue sacado de su casa con apenas ropa interior; el lanzamiento de granadas de control de multitudes y gas lacrimógeno junto a un vehículo en el que viajaban seis niños, entre ellos un bebé de seis meses; y la irrupción en un aeropuerto, donde exigieron documentación y arrestaron a más de una docena de trabajadores. A esta lista se suma un nuevo episodio fatal: Alex Jeffrey Pretti, enfermero de cuidados intensivos y sin antecedentes penales, fue abatido por agentes federales. Testimonios y registros audiovisuales indican que fue reducido en el suelo y, estando inmovilizado, recibió múltiples disparos a quemarropa.
Desde el sur global, estos hechos suelen llegar de manera fragmentada y dosificada. La atención se concentra, mayoritariamente, en la política exterior del águila del norte. Sin embargo, analizar la crisis interna estadounidense permite advertir que el escenario que plantea la película Civil War, de Alex Garland, dista de ser una exageración.
Trump utiliza el aparato del Estado como un instrumento de terror, transformando el poder público en una maquinaria de miedo destinada a someter a la sociedad estadounidense. Para ello recurre a todos los dispositivos a su alcance: las cuotas de arrestos impuestas al ICE; la fuerza paramilitar compuesta por matones ebrios de su propia brutalidad que piensan que su trabajo consiste en intimidar a las personas para que obedezcan al president; la violencia indiscriminada convertida en espectáculo; y la difamación post mortem de las víctimas.
A las redadas del ICE, que han generado enfrentamientos cada vez más intensos entre agencias estatales y grupos de ciudadanos, se suman las disputas político-jurídicas entre niveles de gobierno de distinta jurisdicción, un conflicto que podría derivar en choques físicos si la escalada continúa: los Estados contra el Estado federal. Desde el regreso de Trump al Salón Oval, el Congreso ha estado dominado por el Partido Republicano, y el eje del conflicto se ha desplazado hacia los Estados. Gobernadores como los de Illinois, Pensilvania y California han comenzado a marcarle límites a Trump. El despliegue de fuerzas armadas para reprimir protestas sociales, por ejemplo, fue calificado por el gobernador Gavin Newsom como una “invasión”, mientras que J. B. Pritzker sostuvo que Trump ha convertido a Chicago en una “zona de guerra”. En este contexto, cientos de miles de ciudadanos exigen a gobernadores y alcaldes que las fuerzas locales enfrenten a las fuerzas federales.
La situación que atraviesa hoy Estados Unidos nos da una conclusión: estamos presenciando su declive hegemónico. La crisis política le impide seguir erigiéndose como “el” modelo por excelencia de democracia, república y sistema político. El país ya no conserva la supremacía industrial ni tecnológica que lo caracterizó durante décadas. A ello se suma la renuncia explícita de Trump a liderar las instituciones multilaterales sobre las cuales Estados Unidos construyó su papel de potencia global tras la Segunda Guerra Mundial. La imagen del gobierno se ha deteriorado de manera sostenida. El año 2017 ya ofrecía señales de alarma, pero el caótico proceso electoral de 2020 evidenció la magnitud de la crisis del sistema político estadounidense. El rey está desnudo. Aún conserva la superioridad militar, pero esa ventaja, por sí sola, resulta insuficiente para sostener la hegemonía.
El águila no logra alzar vuelo.
Estados Unidos atraviesa al menos cinco procesos simultáneos de desmoronamiento: el del orden internacional de posguerra; el de la tranquilidad interna, allí donde los agentes del ICE irrumpen en la vida cotidiana; el del orden institucional, con ataques a la independencia de la Reserva Federal y el uso del aparato judicial contra opositores políticos; el de los llamados “sueños” americanos, pues Hollywood ya no es la fábrica de los sueños globales y está siendo absorbida por las plataformas; y, finalmente, el desmoronamiento de la mente de Donald Trump.
No es casual que, en este marco, la agresividad del trumpismo emerja como reacción frente a la erosion, que el propio Trump contribuye a profundizar, del poder estadounidense. Su regreso al centro de la escena con el lema Make America Great Again expresa la voluntad de restaurar una supremacía que ya no puede sostenerse sin un uso creciente de la presión, la amenaza y la injerencia directa. Los ejemplos abundan: la presión sobre el Canal de Panamá para desplazar a la empresa china Hutchison, operadora de dos terminales portuarias estratégicas; las declaraciones sobre una posible anexión de Groenlandia, que afectan la integridad territorial de Dinamarca; la intervención económica y política en procesos electorales de países como Argentina y Honduras; la injerencia directa en Venezuela. La violencia se ha convertido en un recurso cada vez más inmediato. En 2025, Estados Unidos llevó a cabo o contribuyó a 622 misiones de bombardeo en el extranjero, con víctimas en territorios que van desde Irán hasta Venezuela, Nigeria y Somalia, sin mencionar los hechos ocurridos en Minneapolis. Se trata de la ley del más fuerte, la ley de la selva. El genocidio en Gaza expresa este retorno a la primacía de la fuerza, donde el poder militar recupera centralidad como instrumento de ordenamiento internacional, en detrimento de los marcos multilaterales, jurídicos y normativos.

El justificativo discursivo para estas acciones es conocido: la guerra contra el terrorismo islámico y el narcotráfico latinoamericano, sintetizada en la noción de “narcoterrorismo”. Sin embargo, resulta revelador que la devastación de Afganistán y Siria haya derivado en que los llamados “terroristas islámicos” (como el líder talibán Akhundzada o dirigentes de Al-Qaeda) gobiernen hoy como aliados de Estados Unidos. Tras el uso reiterado de consignas como “Cártel de los Soles”, los voceros del declive estadounidense dejaron en evidencia su objetivo central. No hablan de democracia ni de libertad: hablan de competencia económica con China y de la apropiación del petróleo y los recursos naturales. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, con alrededor de 303.000 millones de barriles, lo que equivale a cerca del 17 % del total global. Las declaraciones de Trump sobre la posibilidad de apropiarse, vender o utilizar el petróleo venezolano mientras “dirige” una transición política subrayan el carácter geoeconómico y estratégico de la intervención. Además, el territorio venezolano alberga el Arco Minero del Orinoco, una Zona de Desarrollo Estratégico Nacional que abarca más de 111.000 km² y concentra recursos como oro, diamantes, coltán, hierro y bauxita, lo que incrementa su relevancia en un escenario global donde los minerales críticos resultan clave para la competitividad tecnológica y energética.
En este sentido, uno de los objetivos estratégicos centrales es desplazar a China de su rol en Venezuela y en toda América Latina. El gigante asiático es hoy el primer o segundo socio comercial de la mayoría de los países de la región y un prestamista e inversor cada vez más influyente. Por ello, no debe interpretarse este escenario como un nuevo acuerdo de Yalta ni como un reparto consensuado del mundo. No existe un pacto entre Vladimir Putin, Xi Jinping y Donald Trump. El sistema internacional actual es más conflictivo, fragmentado y competitivo.
La ofensiva contra Venezuela tampoco ocurre en un vacío doméstico. Estados Unidos enfrenta múltiples tensiones internas: la caída de la imagen presidencial de Trump; derrotas electorales en Nueva York y otros estados; el recrudecimiento del escándalo Epstein; divisiones dentro del MAGA; el crecimiento del apoyo a la causa palestina; las movilizaciones masivas bajo la consigna No Kings en miles de ciudades; una situación económica frágil; la escalada de violencia vinculada al ICE. En este sentido, Trump necesita una victoria internacional de cara a las elecciones de medio término. No la obtuvo en Gaza ni con Volodímir Zelenski, a quien llegó incluso a reprender públicamente. Venezuela podría ser el caso. Mientras tanto, profundiza la polarización entre amigos y enemigos, donde la figura del “enemigo interno” ocupa un lugar central.
Mirar un poco más atrás
Si retrocedemos algunos años, 2015 y 2016 aparecen como fechas políticas decisivas: la derrota o capitulación de Syriza en Grecia, con fuerte impacto en la izquierda europea; el triunfo de Trump en Estados Unidos y el Brexit en el Reino Unido; y la crisis del progresismo latinoamericano, marcada por la victoria de Mauricio Macri en 2015 y el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff en Brasil.
En aquel momento, la extrema derecha generaba desconfianza tanto en Estados Unidos como en Europa y América Latina. Bolsonaro era un outsider, Javier Milei daba sus primeros pasos mediáticos y Giorgia Meloni ocupaba un lugar marginal en la política italiana. El proceso no fue lineal: hubo retrocesos, derrotas electorales y la emergencia de figuras de centro con discursos moderados, como Alberto Fernández o Joe Biden. Sin embargo, en los últimos años, estas derechas reaccionarias lograron canalizar el malestar social, apoyarse en los llamados ingenieros del caos (Steve Bannon, Santiago Caputo, Arthur Finkelstein, Dominic Cummings, entre otros) y capitalizar las pésimas administraciones del orden existente por parte de los moderados centristas, tanto de izquierda como de derecha.
El signo político del malestar generado por la crisis del neoliberalismo de fines de los años noventa, amplificado por la crisis de 2008/2009, se ha agotado. Durante un tiempo, las izquierdas lograron canalizar ese descontento: los indignados en Europa, las huelgas generales en Grecia, el ciclo progresista en América Latina, la Primavera Árabe... Hoy, muchos de esos actores están en crisis o profundamente deslegitimados. El hecho de que en Brasil la izquierda no logre proponer una alternativa que no sea Lula da Silva es un síntoma elocuente. Se trata de un proceso de larga duración, una secuencia de derrotas históricas acumuladas que remiten al cierre de un ciclo: el de las revoluciones del siglo XX. Sus efectos siguen condicionando nuestro presente.
En paralelo, las derechas regresan recargadas, más reaccionarias y conservadoras. No impulsan una idea de futuro, sino un retorno al pasado, una restauración de un orden tradicional. El lema Make America Great Again sintetiza esa lógica: no propone algo nuevo, sino la idealización de una época en la que Estados Unidos era fuerte, próspero y dominante.
Trump 2.0 representa la expresión acabada de la crisis estadounidense. Aunque hoy concentra más poder que nunca (ganó el voto popular, subordinó al Partido Republicano, controla ambas cámaras del Congreso y cuenta con una Corte Suprema ultraconservadora) gobierna un país más débil, desplazado en los planos económico, tecnológico y monetario por China, Rusia y los países del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, hoy ampliado a BRICS+), así como por la Organización de Cooperación de Shanghái. En el plano político, la tendencia es similar. La democracia social se ha extinguido, la democracia formal es un cascarón vacío y las clases dominantes observan con creciente interés los modelos de Hungría y China. Se trata de una voluntad explícita de concentrar poder, erosionar las instituciones y utilizar al Estado como dispositivo de control y disciplinamiento social. Menos derechos, menos mediaciones y más coerción: no gobernar convenciendo, sino someter administrando el terror. Estamos por ver si la experiencia de Estados Unidos es exitosa o no.




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