INFORME SOBRE LA PELÍCULA “BARREDA”. 5 CLAVES PARA UN ANÁLISIS CINEMATOGRÁFICO
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Más de tres décadas después del crimen, Ricardo Barreda continúa siendo una figura reconocible en la cultura argentina. El estreno de la película permite volver sobre uno de los casos más recordados de nuestra historia reciente, pero también discutir problemas que todavía persisten: las violencias dentro de las familias, las formas de masculinidad, la misoginia y la tendencia a explicar fenómenos profundamente sociales como simples problemas individuales. Este informe del equipo editorial propone cinco claves para pensar qué hay detrás del caso Barreda.
¿Todos son locos?
"Los nazis eran irracionales y delirantes", se suele decir. Pero resulta curioso afirmar esto cuando el nazismo hizo uso de la razón, de la ciencia y de la técnica para construir una verdadera fábrica industrial de la muerte. Se trata de la racionalidad puesta al servicio del exterminio. Algo similar ocurre en Argentina cuando se afirma que "Videla, Massera y Agosti estaban locos". ¿Eran locos? ¿Alcanza con esa explicación para comprender a quienes planificaron y llevaron adelante un genocidio?
A veces es necesario correrse de aquellas interpretaciones que buscan transformar problemas sociales y políticos en problemas exclusivamente psicológicos o personales. Algo parecido ocurre hoy cuando se habla, por ejemplo, de las redes sociales y el celular como una "drogadicción". La patologización de las prácticas sociales transforma un problema colectivo en un asunto individual, del cerebro o de la "salud mental". De esa manera, las relaciones sociales y las estructuras de poder desaparecen de la explicación.
En el caso de Ricardo Barreda, protagonista de uno de los crímenes más recordados de la historia argentina reciente, se utilizaron, y todavía se utilizan, explicaciones centradas casi exclusivamente en su condición psicológica. Esto no significa negar que existan dimensiones psicológicas en la conducta humana. El problema aparece cuando se pretende explicar un hecho de semejante magnitud desde una única causa.
Barreda no actuó en el vacío. Su historia se desarrolló dentro de una determinada sociedad, una determinada familia y una determinada forma de entender qué significaba ser hombre, esposo, padre y autoridad. Por eso, más que preguntarnos únicamente si Barreda "estaba loco", quizás deberíamos preguntarnos qué relaciones sociales y culturales permiten comprender su conducta y, sobre todo, por qué durante tantos años una parte de la sociedad decidió convertirlo en una especie de ídolo popular.
Un perfil sociológico
La película busca desarmar el mito del "ídolo popular" construido alrededor de Barreda durante los años noventa y volver a colocar a las cuatro víctimas en el centro de la historia: Gladys Marta McDonald, Elena Arreche, Cecilia y Adriana Barreda.
Para hacerlo utiliza diferentes recursos, pero uno de los más importantes es la construcción de un perfil sociológico del protagonista. Quizás por eso La Plata aparece relativamente poco. La película no busca tanto reconstruir o patrimonializar el lugar donde ocurrió el crimen, sino explorar las relaciones intrafamiliares, observar cómo se construyen determinados vínculos y cómo, progresivamente, esos vínculos comienzan a resquebrajarse.
El resultado es un relato que podría reconocerse en muchas otras historias. Un hombre cansado de su familia. Un hombre que prefiere engañar a su esposa antes que separarse, sea por la presión social de sostener la imagen de una familia "normal" o por pretender conservar los privilegios demésticos. Se trata de una persona controladora, de una persona que se niega a aceptar la autonomía de sus hijas, de sus relaciones de pareja y sus proyectos personales, sobre todo cuando cuestionan el tipo de familia y de autoridad que se pretende ejercer. Un perfil social de un hombre que se muestra desinteresado por los estudios, deseos y vida cotidiana de sus hijas. A cambio, aparecen hijas que no tienen confianza en él y que, incluso, temen sus reacciones. Aparece un hombre que quiere controlar todo lo que ocurre a su alrededor y que, cuando no puede hacerlo, interpreta esa pérdida de control como una humillación, una exclusión, una pérdida de masculinidad. Incluso cuando colabora con las tareas domésticas, parece considerar que su aporte vale más que el de los demás. Se siente ocupado, sacrificado y merecedor de reconocimiento. Si ese reconocimiento no llega, interpreta el hecho como una falta de respeto o un maltrato.
La película muestra así diferentes formas de violencia. No solamente la violencia física que termina en el crimen, sino también las violencias cotidianas: el control, la intimidación, el desprecio, el miedo, la manipulación y la necesidad permanente de reafirmar la autoridad.
Este perfil también permite comprender un poco mejor por qué Barreda fue reivindicado como un ídolo popular, algo que, en cierta medida, continúa hasta la actualidad. Basta observar algunos comentarios alrededor del estreno de la película. No se trata solamente de una estrategia jurídica destinada a victimizar al asesino y trasladar la responsabilidad hacia las mujeres asesinadas. La simpatía que Barreda generó en determinados sectores también revela identificaciones sociales más profundas: hombres que se sintieron representados por su resentimiento, por su sensación de pérdida de autoridad o por la idea de estar siendo maltratados" por sus propias familias.
Un patrarcado líquido
En un primer momento, la película parece tener a Barreda como protagonista. Sin embargo, a medida que transcurren los minutos se produce un corrimiento fundamental: la película le arrebata el micrófono al femicida para recuperar las historias de las víctimas. De esta manera rompe con una narrativa construida durante décadas, aquella que convirtió al asesino en una especie de antihéroe trágico. Hablamos de una cultura profundamente conservadora y reaccionaria que logró, durante los años noventa, transformar a un cuádruple femicida en una figura popular.
Los años noventa fueron también los años de consolidación del neoliberalismo en Argentina. Los años del "qué dirán", del exhibicionismo del éxito y del lujo, de la frivolidad y de la transformación de muchas formas de rebeldía y contracultura de las décadas de 1960 y 1970 en productos de consumo.
Pero esos cambios no comenzaron en los años noventa. Desde mediados de la década de 1970 se venían produciendo profundas transformaciones sociales. La destrucción o el debilitamiento de muchas instituciones características de la sociedad fordista transformó profundamente la vida cotidiana: se desregularon mercados, se redujo el papel del Estado, se quebró el poder de los sindicatos, se transformó el mundo del trabajo y se desmoronaron los ámbitos de socialización (escuela, barrio, familia).
Desde el inicio de la democrática, el movimiento de mujeres y el feminismo adquirieron una presencia cada vez más importante en Argentina. Esto aunado con la transformación de las relaciones familiares, la creciente autonomía de las mujeres y los cambios en los roles tradicionales hicieron que el patriarcado tampoco permaneciera indemne. Y aquí aparece una cuestión fundamental: la violencia de los hombres contra las mujeres también puede ser leída como un síntoma de una determinada crisis de la masculinidad tradicional. Durante décadas, uno de los pilares de la identidad masculina estuvo asociado a la figura del hombre proveedor: aquel que mantenía económicamente a la familia y, a partir de esa posición, ejercía autoridad. Pero ese lugar se volvió cada vez más difícil de sostener para grandes sectores sociales. Cuando la posición de autoridad que considera natural comienza a debilitarse, aparece el resentimiento. Como ha planteado Rita Segato, la violencia de género no es un impulso sexual o un arrebato individual, sino como un acto político y expresivo de poder, dominación y crueldad que sostiene el orden patriarcal. En el caso de Barreda, esa lógica llega a un punto culminante cuando la separación de su esposa y la emancipación de sus hijas aparecen como posibilidades cada vez más concretas, la reacción es violentísima. La pérdida de control se convierte, para él, en una amenaza a su propia autoridad como hombre.
Las armas las carga el diablo
En el accionar de Ricardo Barreda hubo factores psicológicos. Pero no todo se explica desde ahí. Hay un problema más profundo, relacionado con la misoginia y el patriarcado.
Si observamos el perfil sociológico que construye la película, probablemente todos podamos identificar algunos rasgos de Barreda en algún familiar, vecino o colega: el hombre controlador, el padre que pretende decidir sobre la vida de sus hijos, el esposo que considera las tareas domésticas una obligación femenina o aquel que vive la pérdida de autoridad como una humillación. La diferencia, quizás, sea que Barreda tenía un arma de fuego en sus manos, un odio cada vez más profundo hacia las mujeres y la situación límite de saber que, después de que sus hijas se fueran del hogar, su matrimonio también llegaría a su fin.
Paradójicamente, fue su propia suegra quien le regaló el arma. Pero esta no puede pensarse solamente como el instrumento material del crimen. En un contexto atravesado por el resentimiento y la pérdida de control, el arma también aparece como una expresión del poder: la posibilidad de imponer la propia voluntad sobre los demás mediante la fuerza y, en última instancia, de decidir sobre la vida y la muerte. Como le advierte su esposa en la película: "Las armas las carga el diablo". No obstante, las armas no se disparan solas.

Las interpretaciones
El contraste es evidente. Desde el momento mismo del crimen, el relato dominante estuvo fuertemente condicionado por la versión del propio agresor. En ese sentido, la película realiza una operación fundamental: coloca por primera vez en el centro a Gladys Marta McDonald, Elena Arreche, Cecilia y Adriana Barreda, las cuatro mujeres asesinadas el 15 de noviembre de 1992.
En el plano interpretativo, Luis Machín compone un Barreda impecable, escalofriante y preciso. Sin embargo, la película no depende únicamente de su actuación. Buena parte de su potencia está en el trabajo de las actrices que devuelven humanidad y complejidad a las víctimas. Mercedes Morán, en el papel de Elena, es contundente. Lejos de la caricatura de "bruja" o "suegra hija de puta" que durante años circuló alrededor del caso, construye a una mujer fuerte, lúcida, y protectora de su hija y sus nietas. Carla Peterson, por su parte, interpreta a Gladys con sensibilidad y múltiples matices. Es una mujer preocupada por la felicidad de sus hijas, que intenta que puedan mantener una relación con su padre y que, durante mucho tiempo, busca recomponer un matrimonio que sabe que difícilmente pueda cambiar. Maite Lanata y Margarita Páez completan el elenco con interpretaciones que les dan identidad y humanidad a Cecilia y Adriana. Son hijas que sufren las consecuencias de la infidelidad, de un matrimonio roto y de una convivencia atravesada por tensiones.
La gran virtud de estas interpretaciones es que permiten comprender algo fundamental: detrás del caso mediático, del mito y de las bromas que durante años circularon alrededor de Barreda, existieron cuatro personas con proyectos, vínculos, conflictos y vidas propias.





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