LA MEMORIA QUE GUARDA LA TIERRA
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Las excavaciones en La Perla están devolviendo nombres a doce personas desaparecidas. Entre ellas, dos mendocinos cuyas historias vuelven a aparecer después de casi cincuenta años. Entre las doce personas identificadas aparecen también dos historias vinculadas con Mendoza: Ramiro Bustillo Rubio y Eduardo Jorge Valverde.
Equipo Editorial

Excavaciones en La Perla están devolviendo nombres a doce personas desaparecidas. Entre ellas, dos mendocinos cuyas historias vuelven a aparecer después de casi cincuenta años.
Durante la dictadura cívico-militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983, La Perla funcionó como uno de los mayores centros clandestinos de detención, tortura y exterminio del país. Estaba ubicado sobre la Ruta 20, en las afueras de la ciudad de Córdoba, dentro de instalaciones del Ejército.
La Perla dependía del III Cuerpo del Ejército, comandado por el represor Luciano Benjamín Menéndez, y fue una pieza central del engranaje represivo que operó en el interior del país. Desde allí, se desplegó una maquinaria de persecución y muerte que dejó marcas profundas en la memoria colectiva. Por este lugar se estima que pasaron entre 2.200 y 3.000 personas secuestradas. Entre esos muros se suspendía el tiempo: nombres borrados, voces silenciadas, vidas arrancadas.
Hoy el predio funciona como un espacio de memoria. Sin embargo, la historia no terminó con los juicios ni con las señalizaciones. La memoria argentina es un territorio que todavía se abre paso: a veces cuando aparecen restos enterrados clandestinamente, otras cuando una identificación logra devolver un nombre, un rostro, una historia, a quien durante décadas fue apenas una ausencia. En esos momentos, el pasado vuelve a hablar y nos recuerda que recordar no es solo mirar hacia atrás, sino también sostener la promesa de que aquello no vuelva a repetirse.
CUANDO LA TIERRA EMPIEZA A HABLAR
En marzo de 2026, el Juzgado Federal N.º 3 de Córdoba informó un avance histórico en las investigaciones sobre los crímenes de la última dictadura: la identificación genética de doce personas desaparecidas cuyos restos fueron hallados en cercanías del ex centro clandestino de detención La Perla.
El hallazgo es resultado de excavaciones realizadas entre septiembre y noviembre de 2025 por el Equipo Argentino de Antropología Forense en la zona conocida como Loma del Torito, dentro de la Reserva Natural Militar La Calera. Allí aparecieron restos óseos humanos desarticulados y rastros de antiguas fosas clandestinas, algo que coincide con los testimonios que sobrevivientes y testigos han sostenido durante décadas.
Los trabajos abarcaron cerca de cuatro hectáreas y unos diez mil metros de trincheras, aunque quedan sectores por investigar. Se sostiene que allí funcionaron fosas comunes durante la dictadura y que, hacia 1979, los enterramientos fueron removidos por las fuerzas armadas para ocultar los actos. Los cuerpos habrían sido trasladados a otros sitios, pero quedaron fragmentos y restos que hoy permiten avanzar en su identificación mediante comparaciones genéticas con el banco de datos del EAAF.
CADA FRAGMENTO RECUPERADO ES PARTE DE UNA HISTORIA QUE VUELVE A APARECER
Dos mendocinos entre los identificados, hasta ahora.
Entre los doce hallados en las excavaciones ya son seis los desaparecidos identificados, entre ellos aparecen también dos historias vinculadas con Mendoza: Ramiro Bustillo Rubio, nacido en San Rafael, y Eduardo Jorge Valverde, conocido como “el Tero”, oriundo de Mendoza.
Ramiro Bustillo Rubio había nacido en San Rafael y, como tantos jóvenes del interior, se había mudado a Córdoba para estudiar. Cursaba Ingeniería en la Universidad Nacional de Córdoba, militaba en el Partido Comunista y trabajaba como obrero mientras construía su vida en la ciudad. Tenía 27 años, un hijo pequeño y construía una familia junto a su compañera, con otro hijo en camino, cuando fue secuestrado el 18 de octubre de 1977.
Después de su captura fue llevado al Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba (D2) y posteriormente trasladado al centro clandestino La Perla. Desde entonces su historia quedó marcada por la desaparición, una ausencia que se prolongó durante décadas.

Durante casi cinco décadas su historia quedó suspendida en esa palabra: desaparecido. Hoy, con la identificación de sus restos, su nombre vuelve a aparecer y su familia puede volver a nombrarlo.
“El único relato es la verdad. Y la verdad es que te llevaron lejos, tan lejos que pasaron años. Tan lejos que duele la alegría de encontrarte. Encontrarte fue recuperar identidad. Porque ahora podemos pensarte y sentir que ya no estás solo”.
Entre las personas identificadas también se encuentra Eduardo Jorge Valverde, conocido como “el Tero”.
Había nacido en Mendoza y se trasladó a Córdoba para estudiar Derecho. Durante sus años universitarios participó activamente de la vida estudiantil como delegado de la Federación Universitaria. Una vez recibido, orientó su trabajo hacia la defensa de presos políticos; impulsó una agrupación de abogados en la ciudad junto con su compañera María Elena Mercado. Durante el gobierno provincial de Ricardo Obregón Cano y Atilio López, se desempeñó como secretario técnico.
El 24 de marzo de 1976, el mismo día del golpe de Estado, fue secuestrado. Tenía 36 años. Testimonios reunidos en los juicios por delitos de lesa humanidad indicaron que permaneció cautivo en La Ribera y luego en La Perla.

Con el paso del tiempo, su hijo Hipólito Valverde reconstruyó públicamente esa historia y lo que significó para su familia y para la memoria colectiva:
“Que mi padre era un abogado que se presentó voluntariamente porque creía en la justicia y lo torturaron y mataron. Y que esto no es un problema de familias, es de toda la sociedad argentina. Lo que pasó acá pasó con el Estado terrorista, con planificación, con silencio cómplice”.
Y recordó el presente:
“Hoy que algunos quieren negarlo, hay que decirlo más fuerte: acá están los huesos. Acá está la verdad”.
NOMBRAR LO QUE QUISIERON BORRAR
Cada identificación es un proceso largo: excavación, análisis antropológico, estudios genéticos y comparación con muestras familiares. Pero cuando finalmente aparece una coincidencia, el silencio se rompe.
No devuelve la vida ni borra el horror. Pero devuelve algo esencial: un nombre, una historia, una identidad.
Para ciudades como San Rafael, estas noticias también invitan a mirar hacia la propia memoria. Recordar a Ramiro Bustillo es recordar que la violencia del terrorismo de Estado atravesó también las vidas de jóvenes que salieron de pueblos y ciudades del interior para estudiar, militar, trabajar o soñar con un país distinto.
La tierra guarda muchas historias.
A veces pasan décadas hasta que alguien decide excavarlas.
Y cuando finalmente aparecen, lo que emerge no son solo huesos: es la verdad que el terror quiso enterrar.
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![]() Estudiante de Sociología. Fundadora de Trinchera y Coordinadora editorial de La Maza |





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