¿MALVIVIR POR OTROS O SOSTENER SISTEMAS ECOLÓGICOS POR CUENTA PROPIA?
- Oscar Soto
- hace 7 días
- 5 Min. de lectura
Frente a las narrativas que reducen la aridez a carencia y atraso, un ensayo que recupera la historicidad campesina e indígena del sur de Mendoza y reivindica la trashumancia como una forma de buen vivir enraizada en saberes locales, gestión comunitaria y equilibrio socioecológico.
Escribe: Oscar Soto

Tanto me parezco al monte
que acorde con su follaje
trato de pasar las horas
confundido en el paisaje…
Anselmo Bustos
Hay ciertos lugares, cuerpos e historias que gozan de una irrefrenable ausencia. Son ausentes para el Estado, se puede ser displicente con ellos desde el mercado y también es la sociedad civil la que acude con frecuencia a romantizar y folclorizar esas carencias. En los territorios del secano, las políticas públicas se han abocado más a las limitaciones biofísicas y socioeconómicas de esas zonas desfavorables o marginales, que a la potencialidad socioecológica y productiva del lugar. El departamento de Malargüe -ese paisaje empachado de belleza natural que funge como la transición total a la Patagonia- representa un ejemplo distintivo de esto.
Me gustaría traer aquí un ejemplo de constancia histórica que se rebela al intento permanente de declararlo ausente: me refiero a los campesinos e indígenas de Nuestra América, en particular a los puesteros del sur provincial. Ese recodo rural que confunde cuyanía y Patagonia nos dice muchas de las formas de intervención estatal y sus referencias parcializadas: por lo general tienden a confundir una situación natural -como es la aridez-, con un proceso inducido -tal el caso de la degradación-. A lo largo de la última década, el gobierno provincial y el nacional, han destinado una serie de iniciativas de exploración minera para atender a los desafíos de la transición energética global. La novedad del boom malargüino por la energía tiene una nota distintiva: allí sus pobladores rurales también tienen una forma de vivir bien y un reclamo por mejoras.
Campesinos e indígenas, desde siempre
Históricamente, la relación peculiar del sujeto latinoamericano y su experiencia de vida, en sus distintas dimensiones, está articulada a una discursividad que expresa a su manera la noción del mundo. El discurso, como lo solía decir el filósofo mendocino Arturo Roig, está relacionado a las dinámicas con las que se presenta el vínculo de los bienes y los valores. Tanto en el discurso político opresor (como expresión de ascenso de un bloque de poder dominante) como en el enunciado político liberador (en tanto instancia disruptiva del orden establecido), la comprensión absoluta de bienes y valores en el primero, como la relativización de éstos en el segundo, denotan en el ser humano su universo axiológico, fundado en la empiricidad y la tenencia –o apropiación– de los bienes como tales. En gran medida la cuestión de la experiencia humana, está definida por una temporalidad y una espacialidad específica, a partir de las cuales constatamos las problemáticas históricas como causa y consecuencia de la identidad de los sujetos en su tiempo y espacio.
Las familias campesinas e indígenas del sur provincial están ahí desde siempre. Tal vez por eso, la noción de puesteros –casi en una misma línea del “hombre natural” que reclama su historia– evoca una vieja rémora colonial de transposición, de colocación heterónoma cosificada en el cuerpo de trabajadores milenarios que habitan el suelo rural malargüino. Se trata de familias rurales que no tienen posesión de su tierra, por el contrario, son “puestos” allí por un otro poseedor del capital y dueño de la tierra. La categoría en sí misma adolece de lo que, empero, contiene: es un sustantivo impuesto pero recreado por el campesinado del sur de la región cuyana.
Hasta 1870 aproximadamente, el actual espacio de Malargüe era parte de la territorialidad indígena, anhelada por la avanzada estatal que pretendía poblar el desierto allende las pampas. Se trataba no solo de ocupar las tierras bajo control indígena, sino también desmantelar las bases materiales y simbólicas de esas sociedades. Malargüe constituyó, así, la puerta de acceso a la expansión estatal que la “república” inauguraba sobre la corporalidad indígena. Existe abundante referencia para dar cuenta de la configuración histórica del espacio rural mendocino, tanto desde la fisonomía irrigada, como también especialmente sobre las zonas del secano, otrora territorialidad indígena plenamente libre.
Como método de adaptación respetuoso al curso mayúsculo del requisito natural/ambiental, las condiciones de aridez conminan hace siglos a crianceros campesinos e indígenas, puesteros y puesteras al traslado de sus querencias junto con su producción caprina. Malal-Hue aparece así, diseminado entre la llanura y las mesetas andinas; sobre su gran recorte rural éste departamento es reconocido por la sobredimensión de dependencia socio-territorial y la marginalidad que lo constituyen. Sucede que en Malargüe el factor rural disperso, dada la extensión de sus campos, sólo es comprensible a partir del despojo constitutivo que le da surgimiento al departamento. La trashumancia allí, remite a una modalidad de pastoreo en continuo movimiento, que se adapta y re-adapta en el espacio a zonas de productividad cambiante.
Un buen vivir enraizado contra todo
Ese escenario que hoy contrapone la actividad extractiva con la conservación del suelo (la trashumancia), nos obliga a elaborar una hipótesis sobre el buen vivir de nuestras resistencias campesinas: ¿la vida en nuestros parajes rurales es solo abnegación y privaciones?, o además de ello, ¿existe una sabiduría que hilvana un buen vivir contrapuesto al sistema más fuerte de nuestro tiempo (me refiero al capitalismo como sistema total, esa forma particular de vivir que Kafka mencionaba como el más eficiente al momento de convenirnos en meros instrumentos de producción)?.
La verdad es que para romantizar las carencias del campo ya hay mucho en la historiografía gauchesca que solo festeja el folclore campesino, negándole sus tierras como lo propone el gobierno de Mendoza con las familias mapuche-pehuenches o las huarpes, más recientemente. Me interesa más pensar aquí en los sistemas socioecológicos que resisten y persisten desde antaño. En el departamento de Malargüe, la expansión de proyectos mineros vinculados a la transición energética reconfigura las relaciones entre comunidades campesinas y estructuras estatales. Desde abajo emergen los conflictos y posibles sinergias entre la vida trashumante y las lógicas extractivas, atendiendo a las formas locales de gestión comunitaria del territorio.
Propongo entonces pensar en ese caudal de buen vivir cuyano que persiste en ese “sur” nuestro, invisibilizado:
La trashumancia en Malargüe ejemplifica una forma de "buen vivir" basada en la gestión colectiva de los bienes comunes, donde las comunidades campesinas e indígenas mantienen prácticas ancestrales de uso sostenible del territorio.
Las comunidades poseen herramientas eficaces y culturalmente situadas para construir reglas compartidas y horizontales de uso de los recursos.
El avance de la minería amenaza no solo a los ecosistemas, sino también a las formas de vida y saberes locales que sostienen el "buen vivir" en territorios secos.
La trashumancia deviene una praxis de autonomía campesina que resiste la estandarización del capital como una totalidad insalvable
Para lograr el "buen vivir", es esencial reconocer los saberes locales y promover relaciones horizontales entre Estado y comunidades, evitando modelos verticales de planificación.
La atención a los problemas socioambientales exige formas de coordinación multiescalar y procesos de diálogo intercultural que reconozcan el saber local.
El pastoralismo trashumante es un ejemplo de equilibrio entre producción y conservación, clave para el "buen vivir" en tierras áridas.
El "buen vivir" de esos pagos, implica garantizar derechos de uso y acceso al territorio para las comunidades, frente a proyectos extractivos que priorizan el capital sobre la vida.
No quiero abarcar más de lo que se puede apretar, pero me parece que en tiempos de excepción como los que vive nuestro país y la región, es necesario mirarnos para adentro para hacer ese trabajo rizomático al que se referían Deleuze y Guattari que permite ver las raíces de las cuales venimos. Nuestro "buen vivir" parte de los saberes locales y la gestión de los bienes comunes. Esto desafía más que nunca al malvivir que los otros suelen llamar el desarrollo hegemónico. Al final de cuentas, nadie nos prohíbe aun pensar en alternativas arraigadas en la justicia socioambiental y la resiliencia territorial.
Hacer cultura desde abajo cuesta.
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![]() Oscar Soto Doctor en Ciencias Sociales Magíster en Estudios Latinoamericanos Especialización y Curso Internacional en Epistemologias del Sur Licenciado en Ciencia Política y Administración Públi |





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