INFORME SOBRE EL MUNDIAL. TRES CLAVES PARA ENTENDER LA GEOPOLÍTICA DEL FÚTBOL
- 18 jul
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Argentina vuelve a jugar una final del mundo. Pero mientras millones de personas mirarán el partido, también se disputará otro encuentro: el de la política, los intereses económicos y la construcción de poder. Este informe del equipo editorial propone tres claves para entender la geopolítica que se esconde detrás del Mundial.
Equipo Editorial

1. Todo Mundial es político
El fútbol es un deporte, una comunidad, un espectáculo, un negocio y, también, un hecho político. Es el deporte de lo impredecible porque, más allá de las estrategias, los planteos tácticos y las grandes figuras, dentro de la cancha todo puede suceder. Quizás allí radique la fortaleza de los mejores equipos: en su capacidad para conducir lo imprevisible.
Sin embargo, hay algo que no tiene nada de imprevisto: la estrecha vinculación entre fútbol y política, unidas prácticamente desde el origen de este deporte. Basta con analizar la historia de los mundiales para advertir cómo, en muchos casos, funcionan como metáforas de la guerra. Como afirmó Carl von Clausewitz, militar prusiano que participó en las guerras napoleónicas, “la guerra es la continuación de la política por otros medios”.
En los mundiales se despliega una intensa movilización de sentimientos nacionales mediante himnos, banderas, camisetas y otros símbolos patrios. Tiene una capacidad de movilización social que pocos fenómenos sociales poseen. No por nada el fútbol es un negocio casi tan lucrativo como la guerra.
Ahora bien, entre fútbol y política no existe una relación mecánica de causa y efecto. Brasil, por ejemplo, un país tan futbolero como la Argentina, celebra sus elecciones presidenciales en años mundialistas. Desde la Constitución de 1988, los comicios se realizan aproximadamente dos meses y medio después de la finalización del Mundial, lo que convierte al país en un interesante laboratorio para observar hasta qué punto los resultados deportivos influyen en la política. Los antecedentes muestran que esa relación es, como mínimo, limitada. En 1994 Brasil fue campeón del mundo en Estados Unidos y el oficialista Fernando Henrique Cardoso ganó las elecciones. Cuatro años más tarde, en Francia, la Canarinha fue subcampeona y Cardoso consiguió la reelección. Sin embargo, en 2002 Brasil obtuvo su quinto título mundial en Corea-Japón, pero ello no impidió el triunfo opositor de Luiz Inácio Lula da Silva, quien finalmente logró imponerse tras tres derrotas consecutivas. En 2006, cuando Brasil quedó eliminado en cuartos de final del Mundial de Alemania, Lula volvió a ser reelegido.
El fútbol despierta pasiones, alegrías y frustraciones, pero la vida política de las sociedades sigue otros ritmos. Los pueblos, que cada cuatro años se entregan a una fiesta de la que participan con intensidad, parecen tener más claro que los propios dirigentes políticos que el Mundial es apenas un momento dentro de una realidad mucho más amplia. Son, en cambio, los políticos quienes suelen intentar capitalizar esa pasión. No hace falta ir demasiado lejos para encontrar ejemplos. El presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, realizó buena parte de su campaña vistiendo la camiseta de la selección colombiana. Pero ¿ganó gracias a eso?
En la Argentina, Javier Milei aprovecha cada oportunidad para expresar públicamente su admiración por Lionel Messi. ¿Eso se traduce en una mejora de su imagen o en un mayor apoyo político? Con frecuencia, la dirigencia busca convertir al deporte en un elemento de identificación o incluso de distracción. Sin embargo, la evidencia muestra que los efectos son mucho menos lineales de lo que suele suponerse. Lo que sí parece indiscutible es que el fútbol, y especialmente los mundiales, generan un clima cultural y político del que participa la mayor parte de la sociedad.
2. ¿Messi o Messirve?
En los mundiales también se intensifica la disputa por el sentido de las grandes figuras. Los futbolistas de élite, especialmente aquellos que se escapan a la identificación partidaria, se convierten en objetos de deseo para los políticos que buscan apropiarse, aunque sea parcialmente, de su enorme capital simbólico.
En realidad, este fenómeno está lejos de ser nuevo. La relación entre deporte y política es histórica: desde la antigua Grecia, cuando los Juegos Olímpicos interrumpían guerras, pasando por la utilización propagandística del deporte por parte del nazismo, hasta hoy con los intentos de la FIFA de borrar cualquier manifestación que considere opuesta a sus intereses (basta observar las acciones de la FIFA en relación a Malvinas). La propia FIFA insiste en presentarse como una organización “apolítica”, dedicada solamente al deporte, aunque sus decisiones suelen desmentir ese discurso. La exclusión de Rusia tras la invasión a Ucrania, las controversias en torno a expresiones vinculadas a las Islas Malvinas, los obstáculos y la discricionación hacia el seleccionado iraní, o la presión de Trump a favor de su selección.
En ese escenario aparece Lionel Messi. Probablemente el mejor futbolista de la historia y, al mismo tiempo, una de las figuras públicas más difíciles de encasillar políticamente. Allí radica buena parte de su valor simbólico: todos quieren asociarse con él.
Esa tensión volvió a hacerse visible cuando el presidente Javier Milei se sumó públicamente a los saludos por el cumpleaños número 39 del capitán argentino. La pregunta resulta inevitable: ¿se trata de una admiración genuina o de un cálculo político?
A diferencia de otros deportistas, Messi ha construido un perfil extremadamente cuidadoso. En un país atravesado por una fuerte polarización política, ha elegido la prudencia. Acepta fotografías protocolares, participa de campañas solidarias y evita realizar definiciones partidarias. Sin embargo, desde hace casi dos décadas analistas, periodistas y dirigentes intentan ubicarlo dentro de algún espacio político.



Las imágenes hablan por sí solas. Messi tiene fotografías con dirigentes de los más diversos signos políticos: con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas; con Cristina Fernández de Kirchner; con Mauricio Macri; y recientemente las fotografías junto a Donald Trump.
Paradójicamente, una de las intervenciones políticas más claras de Messi no estuvo vinculada a ningún partido. En 2014, en el predio de Ezeiza, que años más tarde llevará su nombre, Messi levanta el cartel: “Resolvé tu identidad ahora”. Mira a cámara y dice “Hace diez mundiales que te estamos buscando”.
Con Milei aún no hubo foto. Apenas algunos mensajes a través de terceros, como el envío de una camiseta del Inter Miami en 2025 (curiosamente con el número 9 de Luis Suárez y no con la histórica número 10 de Messi), que Milei mostró luego de un encuentro y una foto con su hermana Karina y los hermanos Mas, dueños del equipo de la MLS.
3. Chiqui Patria
Hay una gran incógnita: si la Selección argentina vence este domingo a España, ¿van a ir a festejar a la Casa Rosada? Cabe recordar que los jugadores en 2022 decidieron no asistir a la Casa Rosada durante la presidencia de Alberto Fernández. Pero, ¿mantendrán la misma distancia respecto del actual gobierno?
Algunos piensan que esto depende de la posición política de los jugadores, sin embargo, tienen una mirada torpe del deporte. Si bien la selección de Messi evitó ir a la Casa Rosada con la Copa del Mundo durante el albertismo, dos años más tarde el capitán evitaría posar también junto a Milei. Esto se debe porque el fútbol es mucho más que un partido que dura 90 minutos.
Claudio Chiqui Tapia, definido por la comunidad tuitera como “Chiqui Patria”, es el gran arquitecto del poderío deportivo existente. Si con alguien está Lionel Messi y la Selección es con Tapia, y desde ahí hay que entender las gambetas a los gobiernos de turno. Chiqui queda, los presidentes pasan. El poder político en más de una ocasión ha osado enfrentar a Tapia y en más de una ocasión han perecido. Con la AFA no se pelea, se pierde.
En sus inicios se posicionó con Messi y afianzó un grupo que empezaba a responderle y a sentirse a gusto con Scaloni como técnico. La estrategia tiene un nombre: “ser el amigo de los jugadores”. Esto fue acompañado por otras medidas, como el rebautizamiento de dos edificios emblemáticos de la AFA: en 2021, el edificio de la calle Viamonte fue rebautizado como “Diego Armando Maradona”, en un homenaje póstumo al cumplirse un año de su fallecimiento; y en 2023, el predio de la AFA en Ezeiza dejó de llamarse “Julio Humberto Grondona” y pasó a denominarse “Lionel Andrés Messi”.

Luego, el resultado futbolístico hizo lo suyo posteriormente. La Scaloneta conquistó cuatro campeonatos, entre ellos el Mundial de Catar 2022, y el Chiqui se bañó en poder. Tapia ha logrado un récord de cargos en la FIFA: suma representantes en ocho comisiones clave del ente rector del fútbol mundial, lo cual constituye la mayor presencia histórica de representantes nacionales en la entidad. El más importante fue el de Claudio Tapia, quien fue designado presidente de la Comisión de Reglas de Juego de la FIFA, un cargo que lo posiciona en el centro de las decisiones sobre la normativa que rige el deporte a nivel global. Y ni siquiera hablemos de que la FIFA lo designó como miembro pleno del Consejo de la FIFA en representación de Conmebol. En otras palabras, la AFA de Tapia se posiciona como un actor de peso en la toma de decisiones internacionales.
Esto último, unido a la sola posibilidad de que Messi apoye a Tapia, hace aflojar las tensiones. El ejemplo más claro lo hemos tenido en estos dos años del gobierno de Milei, donde la disputa hoy parece haberse tranquilizado. En este momento la pulseada parece estar ganándola la AFA. Primero, la AFA jugó un rol clave en la liberación del gendarme Nahuel Gallo, mientras el gobierno nacional quedó petrificado. Segundo, con el recambio ministerial y la salida de Daniel Vítolo de la Inspección General de Justicia, ordenada por Juan Bautista Mahiques. La salida de una figura central en la pulseada y la designación de un funcionario con fuertes vínculos con la AFA parecen indicar que el Chiqui lo volvió a hacer.




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